El tiempo de la Cuaresma rememora los 40 años que el pueblo de Israel pasó en el desierto mientras caminaban hacia la tierra prometida, con todas las complicaciones de fatiga, lucha, hambre, sed y cansancio…pero al fin pudieron gozar de esa tierra maravillosa, que destilaba miel y frutos suculentos (Éxodo 16 y siguientes).
Para nosotros los católicos, la Cuaresma es el tiempo donde nos preparamos haciendo ayuno y abstinencia, privandonos de placeres para celebrar la victoria de Cristo sobre el pecado en la Pascua o Domingo de Resurrección del Señor.
La Cuaresma es un tiempo de conversión y volver a Dios Padre lleno de misericordia, como aquel hijo pródigo (Lucas 15, 11-32), confesando nuestros pecados y pidiendo perdón por el mal que hemos hecho. Es cuando alma se purifica de nuestras faltas y nos llenamos del amor profundo de Cristo con su sacrificio de vida durante la Semana Santa. Esta purificación la lograremos mediante unas prácticas recomendadas por nuestra madre Iglesia; el ayuno, la oración y la limosna.
Ayuno
El ayuno no es sólo comida y bebida sino de nuestros egoísmos, vanidades, orgullos, odios, chismes, deseos malos, venganzas, impurezas, iras, envidias, rencores, injusticias, insensibilidad ante las miserias del prójimo. Ayuno y abstinencia, incluso, de cosas buenas y legítimas para ofrecerle a Dios un pequeño sacrificio y un acto de amor; por ejemplo, ayuno de televisión, de diversiones, de cine, de bailes durante este tiempo de cuaresma. Ayuno y abstinencia, también, de muchos medios de consumo, de estímulos, de satisfacción de los sentidos. Este tipo de ayuno es más meritorio a los ojos de Dios y nos requerirá mucho más esfuerzo, más dominio de nosotros mismos, más amor y voluntad de nuestra parte.
Limosna
Limosna, dijimos. No sólo la limosna material, pecuniaria: unas cuantas monedas que damos a un pobre mendigo en la esquina. La limosna tiene que ir más allá: prestar ayuda a quien necesita, enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que nos lo pide, compartir alegrías, repartir sonrisa, ofrecer nuestro perdón a quien nos ha ofendido. Recordemos aquí a san Pablo: “Si repartiese toda mi hacienda…no teniendo caridad, nada me aprovecha” (1 Corintios 13, 3).
Oración
Y, finalmente, oración. Si la limosna era apertura al otro, la oración es apertura a Dios. Sin oración, tanto el ayuno como la limosna no se sostendrían; caerían por su propio peso. En la oración transforma nuestras actitudes negativas y creando una unión fuerte con Dios. La oración es generadora de amor, induce a conversión interior y nos lleva a una vida plena en Dios.
Miremos mucho a Cristo en esta Cuaresma. Antes de comenzar su misión salvadora se retira al desierto cuarenta días y cuarenta noches. Allí vivió su propia Cuaresma, orando a su Padre, ayunando…y después, salió por nuestro mundo repartiendo su amor, su compasión, su ternura, su perdón.